Constelaciones Familiares

CARTA DE UNA MADRE A SU HIJA

La paz comienza en el corazón de la mujer

Bert Hellinger

QUERIDA HIJA, NO ME BUSQUES DONDE NO ESTOY

Estoy aquí, mírame.

Soy la mujer que te trajo al mundo, que paso unos cuántos meses contigo creciendo dentro de mi cuerpo, en ese milagro que significa la vida.

No puedo negar las incomodidades, no puedo negar el dolor. Esos que desaparecieron mágicamente en el instante que te tuve entre mis brazos. Tampoco los sueños e ilusiones… que si eras niño o niña, que si serías pianista o médica o abogada. Las mujeres tendemos mucho a soñar…

Lo cierto es que llegaste en medio de dolores y sueños, y hoy, bendito Dios, estás aquí.

Iniciamos un importante camino tú y yo, el mismo día. Un camino de retos donde yo hago de mamá y tu representas a la hija, aunque a veces pareciera que los roles se invierten y me enseñas unas lecciones que nunca se pueden olvidar. Aunque seas mi maestra, recuerda siempre que los ríos corren de las montañas hacia el mar…

Te confieso que en mi propia relación con mamá, perdí varias asignaturas, y por lo tanto habrá cosas que no podré enseñarte; lo siento, tendrás que apañarte en algunas cosas tú sola.

Habrá muchos momentos en los cuales mi mirada se encuentre en el pasado, en los sueños, en lo que pudo ser y no fue, en mis propios asuntos sin resolver. Por favor, no me sigas, déjame el espacio para solucionar lo que me distrae, y tú enfócate en vivir la vida lo mejor posible y aprender todas las lecciones del presente para que puedas construir un futuro.

Sé que habrá muchas cosas que te harán falta de mí, lo sé porque así lo siento con mi propia mamá. Palabras, abrazos, ternura, consejos, risas, amor que no alcanzó a llegar, atención que se tuvo que dividir con otras personas, incluyendo a tu papá. Pero si sigues mirando a todo lo que te faltó, nunca podrás disfrutar del todo lo que sí recibiste (lo más importante, la vida).

También habrá muchas cosas que no te gustaron, que preferirías no haber recibido, pero que vienen inevitablemente en el paquete de eso que llamamos crianza, y que seguramente está condicionado por mis propias experiencias y las de mis antepasados.

Por favor, escoge bien las semillas con las que te quieres quedar, deja a un lado lo que no te sirve y cultiva lo que sí, no me enojaré por ello mientras lo hagas con respeto por todo aquello que vivimos quienes llevamos años pasando la vida. Recuerda que la tarea no es fácil y no conoces toda la historia.

Mis abuelas y abuelos hicieron las cosas de una manera, con la información que tenían, con lo que tuvieron que vivir. Mi mamá y mi papá aportaron lo suyo, incluyendo sus propios éxitos y fracasos, afrontando las vicisitudes de la vida de la mejor manera posible.

Tu papá y yo hicimos nuestra parte, poniendo sobre el tapete nuestras luces y sombras, y sobre todo, esa chispa de amor que produjo tu nacimiento. De ahí para adelante navegamos casi sin instrumentos, llevando en el barco los aprendizajes, vivencias y lastres recibidos de nuestros propios padres, y con todo ello, hemos tocado muchos puertos, vivido muchas aventuras, enfrentado a mil monstruos marinos y naufragado muchas veces. Hemos buscado nuestras propias respuestas y también hemos vivido la arrogancia de pensar que nosotros podemos hacerlo mejor que los anteriores.

La vida nos trajo hoy hasta aquí, hasta este momento, hasta este día donde lees esta carta, y si por alguna razón, de esas que implica el ciclo de la vida, ya no estamos presentes, no significa que no estemos: en ti siempre viviremos como parte de cada una de tus células.

Sé que muchas veces he insistido en las lecciones que creo son importantes, y por supuesto como toda mamá, he deseado que te parezcas a mí. Una de las lecciones aprendidas, es que cada hija tiene su propio camino, que tus retos no son iguales que los míos y que mis sueños no tienen que ser los tuyos (a propósito, el sueño de ser pianista o médica o abogada es mío).

Te extiendo un permiso firmado y sellado con todo mi amor, para darte la libertad de ser lo que te haga feliz, aunque no cumplas mis sueños, aunque no te parezcas a mí. Bendigo las formas en que pienses y actúes de manera diferente que te permitan continuar con la vida y crecer para ser cada día una mejor persona.

No me busques en las personas que conoces, en tus parejas o tus jefes, en tus amigas o socias, en otras mujeres o en otros hombres. Ahí sólo encontrarás un reflejo de lo que soy, ese que te hace sentirte atraída para buscar lo que te falta de mí.

No me busques en las sombras de la muerte, ni en los pozos de la tristeza. Ahí solo encontrarás una trampa que te impedirá vivir la vida, y que arruinará probablemente mi mejor obra: tú.

No te quedes atrapada en mis equivocaciones, más bien aprende de ellas y emprende tu propio camino, uno que espero esté lleno de creatividad para sortear los retos que la vida te ponga.

No me busques en el mundo de afuera, ese que te llena de placeres pasajeros pero que al mismo tiempo añade lastre a tu barco; búscame en el amanecer, el canto de un pájaro, la sonrisa de un niño, en la música de la vida, en tus aprendizajes, en tus triunfos y en los momentos de alegría que puedas traer a tu propia vida.

Así seré feliz donde me encuentre, y nuestras almas se tocarán por un instante para que sientas el milagro de la vida.

Cuando yo ya no esté, búscame, háblame, siénteme, en el único lugar donde podrás encontrarme: en ti, en tu corazón.

Seré feliz de escucharte.

Con amor,

Mamá

Marcela Salazar

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